Edgar Allan Poe

Segons informacions recents de Rotterdam, aquesta ciutat sembla immersa en un estat de gran agitació filosòfica. En efecte, s’hi han produït fenòmens d’una naturalesa tan inesperada, tan inaudita, tan allunyada de les opinions corrents, que m’han convençut plenament que d’aquí a poc temps tot Europa estarà convulsada, la ciència física commocionada i la raó i l’astronomia s’estiraran dels cabells.

Sembla que el dia … de … (no sé del cert la data) una gernació es va congregar, per motius no especificats, a la gran plaça de la Borsa de l’agradable ciutat de Rotterdam. El dia era calorós, més que no és corrent en aquesta estació —gairebé no bufava ni un bri de vent—, i la multitud no s’amoïnava perquè la ruixessin breus xàfecs afables, caiguts de grans masses de núvols blancs que lliscaven amb profusió a la volta blava del firmament. Cap al migdia, però, es va percebre entre la concurrència un nerviosisme lleu però notori; van petar deu mil llengües i, tot seguit, deu mil rostres van encarar-se al cel, deu mil pipes queien alhora de les comissures de deu mil boques i un crit només comparable al rugit del Niàgara va ressonar llargament, fort i furiós, a tot Rotterdam i els voltants.

Aviat es va detectar l’origen d’aquest aldarull. De darrere l’enorme embalum d’un dels esmentats núvols de contorns definits, es va veure sorgir de mica en mica a l’espai obert del cel blau una substància estranya, heterogènia però aparentment sòlida, de forma tan curiosa i confecció tan capritxosa, que la munió de ciutadans robustos que la miraven bocabadats des de baix no se’n va fer gens el càrrec i va quedar extremadament  admirada. ¿Què podia ser? En nom de tots els dimonis de Rotterdam, ¿què podia augurar? No ho sabia ningú, no s’ho imaginava ningú; ningú —ni tan sols el burgmestre Mynheer Superbus Von Underduk— no tenia la més petita

idea que pogués desvelar el misteri; així, com que no s’hi podia fer res més raonable, tothom, com un sol home, es va tornar a posar amb compte la pipa a la comissura de la boca i, amb un ull fix en el fenomen, va fumar, es va aturar, va bellugar-se i grunyir significativament, va tornar enrere, grunyir, aturar-se i a l’últim… va fumar de nou.

En l’endemig, però, l’objecte de tanta curiositat i la causa de tant fum descendia cada cop més a prop de la ciutat. En molt pocs minuts s’havia acostat prou perquè el poguessin discernir amb claredat. Feia l’efecte de ser… Sí! Era sens dubte una mena de globus; però com no se n’havia vist cap a Rotterdam. ¿Qui, pregunto, ha sentit mai a parlar d’un globus totalment elaborat amb diaris bruts? A Holanda ningú, no hi ha dubte; però en aquell moment, davant el nas de la gentada, o més ben dit a certa distància damunt aquest nas, es veia l’objecte en qüestió, compost —ho sé per les fonts més fidedignes— del material que ningú no havia pensat mai que es pogués aplicar a un propòsit similar. Era un insult magnífic al bon sentit dels burgesos de Rotterdam. (…)

L’aventura incomparable d’un tal HansPfaall, Edgard Allan Poe, Columna Edicions, traducció de Joan Solé

Max Aub

PRIMERA PARTE

VALENCIA

Gabriel Rojas

24 de julio de 1936

—¿Cómo te encuentras?

Gabriel Rojas se despatarra ante su mujer, las manos en la cintura.

Ángela contesta cerrando los ojos: —Bien.

—¿Quieres que vaya a buscar al médico?

—No.

Ángela vuelve lentamente la cabeza buscando lentamente entre sus párpados entrecerrados la figura ya un poco rechoncha de su marido. Intenta sonreír, intenta sonreír débilmente, intenta que Gabriel comprenda que intenta sonreír.

—¿De qué te ríes?

—De tu facha.

Ángela está tumbada en una mecedora de la sala, perniabierta, enorme, con su bata de flores celestes y rosas. Gabriel en mangas de camisa, la mira con amor. Ángela vuelve a dejar caer su cabeza, que enderezó para sonreír.

—¿Dolores? —la mujer asiente con la cabeza.

—¿Y tu madre?

—Se fue a casa. Tenía que hacer la cena de los chicos.

—¿Y Adelina?

—Fue a la tienda.

—Estará con el novio.

—Es lo más probable.

Una mueca desfigura la cara dulce y apacible de la mujer.

—¿Qué hago? —pregunta un tanto desamparado el hombre.

—Anda, anda a buscar a Renán. (Ya no le llama doctor, médico o don. El dolor abate distancias y allana tratamientos.

—¿Cómo te voy a dejar sola?

—Llama por teléfono.

Gabriel da media vuelta, sale al recibidor, llama a casa del médico. Le contestan que no está, toman el recado: seguramente telefoneará de un momento a otro: —Le dejó dicho.

—Tome el recado: que venga corriendo.

—¡Gabriel!

Vuelve rápidamente a la sala.

—Llévame a la cama.

Con precaución el hombre pasa su brazo por la cintura de la mujer y la lleva hacia el dormitorio. Silencio en la calle, silencio en la ciudad, como si el tiempo no existiera. Ángel jadea; lleva un pañuelo a la boca, se lo pone entre los dientes. Párase a cada medio paso, echada hacia adelante, se apoya un momento en la mesa cubierta con un hule, fondo verde, flores rosadas.

—¿Cómo te encuentras?

La mujer dirige una rápida mirada iracunda a su marido. Gabriel siente la puñalada. Obliga sus dedos a oprimir un poco la cintura de Ángela.

—Vamos —dice el hombre.

—Espera.

La voz le sale ronca y entorpecida por el pañuelo. Pasan tres segundos interminables.

—¿No puedes?

La mujer vuelve a mirar a su marido con las pupilas empañadas. Gabriel Rojas no sabe qué hacer. (¡Si me coge solo, si me coge solo!) No puede pensar en otra cosa. (Si me coge solo, ¿Qué hago?)

Ángela, con un movimiento imperativo de la barbilla indica que quiere volver a caminar:

(Por lo menos que llegue hasta la cama —piensa Gabriel—, por lo menos hasta la cama.) Sin darse cuenta alarga el paso. Su mujer le retiene con el peso de su cuerpo. Se para.

—¿No puedes? ¿Te duele? ¿Qué…?

Los ojos de Ángela matan la pregunta. Llegan a la puerta. Nunca le pareció tan grande la habitación. Aún hay que atravesar el pasillo.

(¿Dónde estará mi suegra? ¿Dónde estará la criada?)

Gabriel no tiene tiempo de tener miedo. Tiene ganas de huir, de correr, de gritar, de abandonar a su mujer en medio del pasillo brillante, estucado hasta la altura del hombro. Llaman a la puerta. Los dos seres se miran angustiados.

—¿Será Renán? —dice Gabriel.

Y antes que su mujer apruebe se lanza hacia la puerta, abandonándola. Abre, es el portero.

—Que enciendan en la habitación de delante y abran las ventanas. En seguida. La patrulla está abajo. ¿Cómo está la señorita?

—Mal. Espero al médico. Voy a dejar la puerta abierta. O mejor pase usted y encienda. No puedo dejar sola a mi mujer.

—Sí —dice—, es mejor, porque no se andan con chiquitas y si no encienden empezarán a tiros, y mire que manía…

Ya no le oye Gabriel que ha vuelto al lado de Ángela, apoyada en el quicio de la puerta del cuarto de baño.

—Era el portero.

Ángela hace señas de que lo sabe.

—¿Podrás aguantar hasta que llegue el doctor?

La mujer ya no tiene fuerza para girar la cabeza. Rechina los dientes y desgarra el pañuelo. Da tres pasos, jadeando entre cada uno de ellos. El dolor la destroza. A fuerza de meter las uñas en la palma de la mano y apretar las muelas, no grita. No ha gritado nunca; no lo va a hacer ahora que Gabriel está delante. El cuarto de baño brilla, blanco, aséptico. Le da rabia. Como puerto aparece la entrada del dormitorio. Hay que llegar allá, pase lo que pase. ¿Qué le corre por las piernas? La puerta. ¡Dios! ¡La puerta! Apoya una mano en la jamba. Desde allí, como lago, aparece la cama preparada, el embozo deshecho. Ángela siente cómo se resquebraja. Mira, agonizante, a su marido, como si se quisiera asir de su cuello con la mirada. Dan un paso a través de la estancia con la sensación de haber perdido la seguridad que les daba las maderas de la puerta; como si se enmarzaran en un océano todavía furioso, tras una arribada forzosa. La cama está ahí, a dos metros. Pero entre ella y la puerta que acaban de abandonar el espacio es inmenso, y son, todavía, los pies, los solos pies, con su borde, como un acantilado. Hay que darle la vuelta, pisar la alfombra que corre a su lado derecho, regalo del año antepasado, gris y anaranjado: venció el gusto del marido, que mujer y suegra preferían un color pardo. Gabriel suda. Las gotas le corren por las mejillas mal afeitadas y se le meten por el cuello.

Ángela arrastra su pierna derecha, han llegado a los pies del lecho. Ángela se agarra al grueso barrote del mismo, se esparranca, mira despavorida a Gabriel, abre horriblemente la boca —el pañuelo cae al suelo—, grita terrífica, con una voz de adentro; con una voz desconocida:

—¡Ya! ¡Ya! ¡Anda! ¡Imbécil!

Gabriel se arrodilla. Levanta el faldón de la bata y de la camisa de noche que, sin saber cómo, Ángela recoge; Gabriel tiende las manos al tiempo justo de recibir en ellas el paquete pegajoso —¡qué asco! — de su nuevo retoño.

Entran la suegra y la criada. Gabriel traspasa el paquete a su madre política. Se levanta despavorido y huye al cuarto de baño a lavarse las manos. Vuelve secándoselas con una toalla.

—Voy a buscar al médico —grita a las mujeres.

—Telefonea —grita la suegra.

—Más rápido será si lo busco —grita desaforado.

Y sin oír más se lanza a la calle. Sobre las rayas del sudor, por la prisa, le parece que corre ventolina fresca. Aspira hondo. Todos los balcones de la ciudad están iluminados. Todas las ventanas están abiertas. Nunca hubo tanta luz en Valencia, ni en los Viveros cuando hay verbena, ni en la Alameda por la feria.

Y los terrados —piensa Gabriel—, no se dan cuenta de que con tanta luz favorecen a los “pacos” apostados en las azoteas. Marcha rápido.

¿Cuánto hay hasta casa del médico? ¿Trescientos, cuatrocientos, quinientos metros?¡Me olvidé la pistola! Gabriel se palpa el bolsillo trasero del pantalón. ¡Menos mal!: Lleva el carnet del Sindicato. Ahora al pasar por los dominicos pediré el santo y seña. Bueno ya no se llama santo y seña, sino la consigna. Gabriel se para y se seca el sudor. Quiere correr, llegar lo antes posible, y, por otra parte, no quisiera llegar nunca. Gabriel quiere a Ángela, pero le repugna el peso blandengue del feto. De pronto tiene miedo de que muera por su culpa. Piensa en el golpe, brusco. Pero no, ¿qué más podía haber hecho? Si no se llega a arrodillar a tiempo, el niño hubiese caído al suelo. Niño, no: niña. Se alegra. Gabriel pasa frente a los Dominicos sin darse cuenta, sin acordarse de que se proponía entrar para que le soplaran la palabra mágica. Pasa ante la fábrica de luz, el colegio, atraviesa la calle de Colón, solitaria. Entra en la calle del doctor Romagosa. Sube jadeante la escalera del médico. La criada le ataja el paso.

—El doctor no está. Creo que fue a su casa, llamó por teléfono.

Gabriel se tranquiliza. De pronto, como si le ligaran todos los miembros, se siente impotente para el menor esfuerzo. No podría alzar una mano. La criada:

—Siéntese.

Gabriel se deja caer. Sopla. Se lleva la mano a la frente. Piensa: —¿No te da vergüenza? ¿Es esto de lo que eres capaz?

Se levanta, sale. Todavía las escurriduras del sudor.

—Qué paquete! Porque era un verdadero paquete. Así se viene al mundo. ¡En qué tiempos naces hija! Está bonita la ciudad así, iluminada; si los rebeldes tuvieran aviones, ¡qué blanco! Que eso de los pacos, cuentos… Lo que sucede es que es divertido tirar tiros.

La ciudad iluminada. No hay posibilidad, en la mente de Gabriel Rojas, que se dé cuenta del retintín volandero que la palabra hubiese, tal vez, despertado en otros.

Un ruido seco, un golpe. Negro. Gabriel Rojas cae al suelo, como un saco. Le dieron por detrás, en medio de la cabeza, donde empezaba a clarearle el pelo, en calva de zapatero.

Acuden policías y milicianos y se generaliza el tiroteo, de acera a azotea.

La calle cobra vida, suben por todas las escaleras. Registran pisos, terrados. No dan con el agresor. Pasan las sombras por las ventanas abiertas, a correr fantasmales por las fachadas fronteras.

Cuatro personas alrededor del cadáver:

—Tiraron desde allí arriba.

—Yo le conocía, era el tipógrafo de El Pueblo”.

El laberinto mágico, Gabriel Rojas, Max Aub, Bibliotecas Valencianas

 

 

 

 

 

 

Joyce Carol Oates

En sentir l’esquellot, una trucada de sa mare, Patrick va interrompre en sec el seu passeig i va recórrer al trot els gairebé dos quilòmetres que el separaven de sa casa, amb Sedoso al seu costat, bleixant excitat, però aquesta vegada la broma era per a ell.

―Sent molestar-te, P.J, però Botó necessita que la vages a buscar a casa dels LaPorte. La pots portar a casa?

La mare parlava en to de disculpa, somrient, del desvergonyidament explotador tan seu a què cap dels seus fills podia resistir-se. Corinne Mulvaney fent el paper de persona atordida, indefensa i fins i tot imaginant-se a si mateixa d’aquesta manera, tan contrari a la seua veritable naturalesa que era tot eficiència. Ella estava finalitzant l’acabat d’un moble i no podia deixar-ho, esperava que ell ho comprengués, lamentava ingerir-se en el temps que ell dedicava a les seues coses després d’haver realitzat les tasques que li corresponien, i d’haver-les fet tan bé, i, bé, era un favor per a Botó, no?

―Emporta’t la Buick, rei. El pare ha sortit amb la camioneta. Pren, agafa-les… ​​‒Pescà les claus de la Buick a la butxaca de la seua tacada bata i se les va llançar amb inadequada alegria a Patrick, que la mirava feroçment amb tota la ironia adolescent que va poder reunir.

―Moltíssimes gràcies, mare ‒va dir, calant-se les ulleres al pont del nas‒, un viatge d’anada i tornada a Mt. Ephraim en diumenge. Just el que necessite.

Vint-i-dos quilòmetres, anada i tornada. No, gairebé vint-i-quatre, ja que els LaPorte vivien a l’altre extrem de la ciutat. Era un trajecte que ell feia cinc dies a la setmana, anar i tornar, normalment a l’autobús escolar.

De manera que havia conduït fins a Mt. Ephraim i recollit la seua germana, i sí, possiblement havia observat que passava alguna cosa. El somriure de Marianne va ser menys convincent que de costum, mostrava certa reticència a mirar-lo i, sens dubte, no va fer gala de la seua loquaç personalitat, una personalitat pura i profundament, i per a la ment superior de Patrick sovint exasperadament, femenina; però, la veritat, havia estat un alleugeriment per a ell no sentir parlar del ball i la festa i el seu acompanyant i la seua coneguda lletania d’amigues Trisha, Suzi, Bonnie, Merissa, com de «fantàstica» havia estat la decoració del gimnàs, l’«estupenda» que havia estat la banda local, «meravellosament bé» que s’ho havien passat tots. I l’honor que havia estat per a ella formar part de la cort de la Reina Valentine. Patrick, estudiant del darrer curs, no sentia el més mínim interés, ni tan sols des del punt de vista antropològic, per la frenètica, febril i sempre canviant vida social de cap dels seus companys de classe. Corinne potser estava una mica decebuda amb ell, amb prou feines sabia que el ball del dia de Sant Valentí havia estat la nit anterior fins que es va muntar tot l’enrenou al voltant de Marianne i el seu vestit nou, pare fent instantànies com de costum i apareixent la «parella» de Marianne ‒ Austin Weidman‒ abillat amb un vestit fosc que li donava aparença d’un director de funeral, el pobre i ganso, noi tímid, amb l’entrecella arrufada i gestos nerviosos, prou intel·ligent per haver estat amic de Patrick Mulvaney amb el temps, però no ho era. Simplement, Austin no impressionava Patrick i aquest li va somriure fredament, el va examinar amb una mirada. Per què? Perquè era la manera de fer de Patrick.

We Were the Mulvaneyss, Joyce Carol Oates, Editorial Lumen

 

 

 

Josep Mª Palau i Camps

          I

Eren devers les onze del matí d’un dia assolellat de començaments de setembre. El sol ja havia escampat la boirina que, cada matí, embolcalla Barcelona com una vesta de gasa blanca i transparent. El carrer de les Tàpies, però, conservava la humitat de la nit que el sol no acabaria d’eixugar perquè els seus raigs no arribarien mai al seu trespol.

Rafaela  va baixar, amb certes precaucions, les escales de la pensió en la qual tenia llogada una cambra, quasi a la cantonada del carrer de Sant Oleguer, i es va dirigir cap al carrer Nou de la Rambla que va seguir fins a sortir al passeig quasi enfront de la Plaça Reial. En sortir a la Rambla, l’esclat de sol li va fer aclucar els ulls i va pensar que es veuria obligada a abandonar aquell sol mediterrani i aquella ciutat que l’havia acollida al seu retorn de Fes, i també abans, quan amb Azucena havia viatjat al Marroc.

Va sacsar el cap per tal d’allunyar aquells pensaments, va aspirar una glopada d’aire fresc i es va aturar al costat d’un plataner per encendre una cigarreta. Estava derrotada, ho sabia, i en tota la nit no havia pogut dormir pensant en què podia fer en la seva situació.

Ella treballava a “L’estrella”, un establiment inclassificable entre bar, cabaret, restaurant o el que fos, a poques passes de la pensió en què vivia, al carrer de l’Om. Cantava, acompanyada al piano per un home, ja gran, que sempre portava encasquetada una gorra i que tenia els dits tacats de nicotina. El que Rafaela cobrava per cantar en aquell lloc amb prou feines arribava per a poder viure. Però ara, ni allò no tenia. El vespre abans, l’amo d’aquell antre, amb una llosca apagada penjant dels llavis, com sempre, li havia fet saber que la seva feina, allà, s’havia acabat.

Sabia que havia de prendre una decisió i l’única opció que tenia, després d’haver-ho pensat molt, era de retornar al seu Lugo natal. Sabia que no podia esperar res del seu pare ―a qui ni tan sols volia veure―, però la seva mare sí que l’ajudaria en tot el que ella, Rafaela, li demanés.

Amb la cigarreta encesa als llavis, caminava, Rambla amunt, sense anar precisament a cap lloc. Igual hauria pogut caminar en direcció al port, però, sense posar-hi esment, en sortir a la Rambla havia tombat a l’esquerra, qui sap si per esquivar els raigs de sol que li feien mal als ulls i que, ara, li comunicaven una agradable escalfor a l’esquena.

Un cadàver desconcertant, Josep Mª Palau i Camps, Editorial Moll

Don Quijote de la Mancha

[…]

Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes i diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.

―¡Válame Dios! ‒dijo el cura, dando una gran voz‒, que aquí está Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros de este género carecen. Con todo eso os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.

―Así será ‒respondió el barbero‒, pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?

―Éstos ‒dijo el cura‒ no deben de ser de caballerías, sino de poesía.

Y abriendo uno vio que era La Diana de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo que todos los demás eran del mismo género:

―Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero.

―¡Ay, señor! ‒dijo la sobrina‒, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza.

―Verdad dice esta doncella ‒dijo el cura‒, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión delante. Y pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y  de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele enhorabuena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros.

―Este que sigue ‒dijo el barbero‒ es La Diana llamada segunda del Salmantino, y éste, otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo.

―Pues la del Salmantino ‒respondió el cura‒ acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo; y pase delante, señor compadre, y démonos prisa que se va haciendo tarde.

―Este libro es ‒dijo el barbero abriendo otro‒ Los diez libros de Fortuna de amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.

―Por las órdenes que recibí ‒dijo el cura‒ que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos de este género ha salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.

Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:

―Estos que se siguen son el Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos.

―Pues no hay más que hacer ‒dijo el cura‒, sino entregarlos al brazo seglar del ama, y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.

―Este que viene es El Pastor de Fílida.

―No es ése pastor ‒dijo el cura‒, sino muy discreto cortesano: guárdese como joya preciosa.

―Este grande que aquí viene se intitula ‒dijo el barbero‒ Tesoro de varias poesías.

―Como ellas no fueran tantas ‒dijo el cura‒ fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde y se limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.

―Este es ‒siguió el barbero‒ el Cancionero de López Maldonado.

―También el autor de ese libro ‒replicó el cura‒ es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?

La Galatea de Miguel de Cervantes ‒dijo el barbero.

―Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete: quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

―Que me place ‒respondió el barbero‒. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla, La Austríada de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrato de Cristóbal de Virués, poeta valenciano. […]

Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, Alfaguara-Generalitat Valenciana